Tú eras el León
Ayer comencé a leer el tercer Libro de Las Crónicas de Narnia, (El caballo y el muchacho) Por C.S.Lewis. Llegó un punto en el que Shasta (el protagonista) se encuentra perdido en medio de una neblina espantosa. La noche es tan oscura y la niebla tan densa que Shasta no puede ver siquiera el caballo que monta. Llevaba horas cabalgando si saber hacerlo, y perdido en medio de la noche sin saber dónde se encontraba. Asustado, Shasta comienza a llorar, lamentándose de sus desdichas. Recuerda aquella noche en la que Bree (un caballo parlante de Narnia) y él se vieron obligados a huir de dos leones feroces que los perseguían. Recordó como eso los obligó a unirse a Aravis y Hwin (una tarkina fugitiva y una yegua parlante de Narnia).Recordó la fría noche que pasó en las Tumbas en Tashbaan y al león que escuchó en el desierto. Recordó el calor del gato aquella noche en Tashbaan. Y cómo aquel león les persiguió mientras galopaban a avisar a el rey Lune de Archenland de que el malvado príncipe carlomeno se disponía a atacarlos. También recordó que hacía horas y horas que no provaba bocado. Tánta lástima le dió de si mismo que comenzó a llorar.
Entonces, Shasta comenzó a oír otra respiradión, que no era suya ni pertenecía al caballo. Sentía su calor, su presencia, sin embargo no podía ver nada debido a la oscuridad y a la niebla. Esperó, pero aquella presencia y aquella respiración no desaparecían. Lleno de temor preguntó:
-¿Quién eres?
- Alguien que ha esperado mucho rato a que hablaras -respondió una Gran Voz.
- ¿Eres... eres un gigante?
- Podríamos decir que soy un gigante. Pero no me parezco a las criaturas a las que llamas gigantes.
- No te veo. No estarás... muerto. ¡Por favor, por favor, márchate!¿Qué daño te he hecho yo?
- Ya verás que este no es el aliento de un fantasma... Cuentame tus penas.
Entonces Shasta contó a aquella voz, con algo de temor al principio todo lo ocurrido durante su viaje, y por todas las penurias que había pasado.
- Yo no diría que eres desafortunado.
-¿No te parece mala suerte que me haya encontrado con tantos leones?
- Solo había un león.
- Pero ¡qué dices! ¿No has oído que había al menos dos la primera noche, y...?
-Solo había uno: pero era muy veloz.
-¿Cómo lo sabes?
- Yo era el león. Yo era el león que te obligó a unirte a Aravis. Yo era el gato que te consoló entre las casas de los muertos. Yo era el león que alejó a los chacales de ti mientras dormías. Yo era el león que dio a los caballos las renovadas fuerzas del miedo en los dos últimos kilómetros para que pudieras llegar ante el rey Lune a tiempo. Y yo fui el león que no recuerdas y que empujó el bote en el que yacías, una criatura al borde de la muerte, de modo que llegaras a la orilla donde estaba sentado un hombre, desvelado a medianoche, para recibirte.
Muchas veces Dios actúa de la misma manera. No entendémos por qué nos pasan cosas que no comprendemos y que no sabemos por qué Dios las permite. Sin embargo finalmente debemos reconocer que él es Soberano y que todo lo que él permite es para bien nuestro. Aslan (la Gran Voz) tuvo que perseguir a Shasta en varias ocasiones, incluso debió herir la espalda de Aravis en Archenland, mientras los perseguía, sin embargo Shasta finalmente tuvo de admitir que todo aquello lo ayudó.
Finalmente, la historia cuenta que Shasta siente temor al ver a Aslan, sin embargo era un temor distinto. Un temor respetuoso. Entonces no tiene más remedio que caer del caballo ante los pies de Aslan. No podía decir nada, no deseaba hacerlo y de hecho no necesitaba decir nada.
Ese es el resultado, no nos queda otra que caer a los pies de Dios y reconocer su soberanía y su magnificencia. Porque vemos la perfección de sus planes. Unos planes que nosotros en un principio con nuestra mente finita no alcanzamos a entender.
